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Afganistán
puede aprender de su pasado
Nazif Shahrani*
El pueblo de
Afganistán, después de un siglo de malos gobiernos, necesita
desesperadamente una forma de autogobierno que le brinde alguna defensa
contra los abusos de poder, que han marcado la historia afgana. Ahora
que el presidente Bush reconoció la necesidad de ayudar a construir
un gobierno estable en Afganistán, quizá bajo el liderazgo
de las Naciones Unidas, muchos se preguntan: ¿Quién debe
regir? Una vez que el Talibán sea derrotado, varios partidos querrán
gobernar: el otrora rey
Muhammad Zahir Shah, el grupo étnico Pashtun, la Alianza Opositora
del Norte y, por supuesto, el Talibán. Pero una mejor pregunta
es: ¿Cómo debería autogobernarse Afganistán?
El mecanismo, con
frecuencia mencionado, es un gobierno central controlado por una alianza
de alguna combinación de grupos étnicos. Pero el doloroso
razonamiento en la historia de Afganistán ha sido que cualquier
vertiente de un gobierno fuertemente centralizado lleva a abusos de poder.
El enviado especial de la ONU, Lakhdar Brahimi, está probablemente
en la mejor posición para entresacar los complejos conflictos internos
y alianzas en Afganistán. Pero cada persona involucrada tendría
que darse cuenta que un gobierno democrático no puede alcanzarse
con la entrega del poder a un partido, tribu o grupo, o una combinación
de éstos, no importa cuan amplios.
En vez de ello, lo
que Afganistán necesita es soltar el poder central y ayuda para
visualizar y crear un gobierno descentralizado con una constitución
nacional fuerte. Brindar esta ayuda podría ser el mayor logro que
la coalición antiterrorismo podría hacer no solamente para
Afganistán, sino para sus propios y amplios objetivos.
El Afganistán
moderno fue zurcido como un Estado-amortiguador a finales del siglo XIX
por la India de los británicos y la Rusia zarista, con su primer
gobernante moderno, Amir Abdur Rahman Khan, escogido entre los principados
del guerrero clan Pashtun. A cambio de renunciar al control de las relaciones
internacionales en favor de Gran Bretaña, él recibió
armas y dinero para conquistar varios grupos étnicos y lingüísticos:
otros Pashtun, Tajik, Farsiwan, Uzbek, Turkmen, Baluch, Hazara, Aimaq
y otros. Famoso por su crueldad y conocido como el Amir de Hierro por
sus señores coloniales, estableció un terreno firme para
un sistema centralizado, opresivo y corrupto. Un corto experimento con
la monarquía constitucional de 1965 a 1973, bajo Zahir, fue abortado
por un golpe en el Palacio, seguida en 1978 por el régimen comunista
soviético
que llevó al país hacia un abismo de continuadas luchas
por el poder que culminaron con el levantamiento del Talibán.
Los objetivos del
Talibán bajo el Mullah Muhammad Omar son similares a aquellos del
elegido británico Amir de Hierro: la conquista militar y sometimiento
de todos los territorios autogobernados de grupos no-pashtun. Y como él,
el uso de una forma extrema del Islam en una justificación para
aterrorizar a aquellos que asumen como enemigos a subyugar. Lo que es
nuevo en el esfuerzo Talibán es su alianza con el
terrorismo internacional.
La vieja monarquía
y el régimen Talibán, también comparten un mito común,
fabricado en la India colonial. Creer que los Pashtun tienen un derecho
exclusivo a dirigir Afganistán. Este mito, que hoy haya eco en
los generales y políticos pakistaníes, llevó a Afganistán
al desastre.
La comunidad internacional
debería animar la creación de un gobierno que reconozca
el papel crucial de las comunidades locales y regionales para gobernarse,
como existió en épocas previas en Afganistán. De
hecho, este tipo de estructuras locales de gobierno resurgieron en el
periodo de la jihad antisoviética y anticomunista durante los años
80 y principio de los años 90. Las áreas estaban entonces
controladas por grupos mujahedeen establecidos en gobiernos rudimentarios
que administraban escuelas,
unidades de policía y cortes; estros grupos evolucionaron a cinco
grandes coaliciones de comunidades, consistentes en varias provincias
cada una. El nuevo gobierno de Afganistán debería abrazar
los principios de los gobiernos autónomos en niveles comunitarios,
distritales y de provincia.
La autonomía local y la integridad política de cada grupo
sectario o étnico en la sociedad afgana debiera estar garantizado
por una constitución nacional y una estructura gubernamental federal
descentralizada.
Darle a Afganistán un sistema funcional y estable de gobierno,
requerirá de paciencia un gobierno de transición honesto.
También necesitará la supervisión de una fuerza de
paz internacional con mandato de la ONU. Mientras el anterior rey debería
tener un papel en tal gobierno de transición, se debe dirigir cada
esfuerzo para mantener a estos cómplices corruptos alejados en
el nuevo gobierno. También habrá que evitar que
Pakistán quiera dictar la figura del nuevo gobierno y mantener
a distancia a elementos corruptos de grupos mujahedeen y del régimen
comunista previo en cualquier posición de poder.
La tarea aparece
desalentadora, pero la recompensas son liberar del terror al pueblo de
Afganistán y sentar un nuevo precedente para combatir las condiciones
que dan pie al terrorismo en otros lugares.
* Artículo
publicado hoy en el New York Times y enviado por el autor a la Alianza
de Mujeres por la Paz y los Derechos Humanos en Afganistán (WAPHA,
por sus siglas en inglés). Es catedrático de Antropología
y Estudios de Asia Central y Medio Oriente en la Universidad de Indiana
en Bloomington. Traducción: Miriam Ruiz.
Fuente:
CIMAC
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